De vez en cuando y dependiendo el contexto, mi abuela solía decir una frase: "hay que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos". Y probablemente hayas escuchado este refrán o una reversión de él, pero con el mismo objetivo de sacar las cuestiones fantasmales o espectrales de una ecuación en un mundo que aún no puede confirmar la existencia de seres paranormales. Lo que sí podemos confirmar y aún más en esta época en la que vivimos es que los humanos, en su gran mayoría, quieren destruirse entre sí, buscando cada uno una excusa que lo exonere de algún tipo de maldad. Por supuesto y aclaro, no todos lo son, pero estamos viviendo tiempos donde cada emoción está siendo empujada a límites que creíamos que ya no existían: la corrupción, la desinformación, la pobreza y la desidia hacen estragos, por más que los negacionistas o defensores de la ultra derecha quieran hacernos ver lo contrario.

Todo esto que escribo es un pequeño preámbulo que se me disparó en la cabeza al ver "Mis Muertos Tristes" en Netflix, una miniserie adaptada de un cuento de Mariana Enríquez (quien es la productora también del proyecto) y dirigida por el cineasta chileno Pablo Larraín. Y acá hago una salvedad antes de que lean y piensen que hablaré de los textos originales: no lo leí y admito que no soy un fiel consumidor de la escritora argentina. Pero si hay algo que me fascina de sus mundos es cómo mezcla la sociedad y su identidad bonaerense con los terrores más clásicos, dando un resultado espectacularmente aterrador. Porque claro, estamos más acostumbrados a leer o ver cosas de terror que suceden en Estados Unidos o Europa, pero cuando ves que los fantasmas existen en Villa Lugano, la cosa cambia por completo. Te acercás más y las historias comienzan a ser más familiares y, de alguna manera, extrañamente fascinantes. Comenzás a entrelazar la ficción con tu propia vida y experiencias y ahí es dónde gana valor cada relato. Pero, ¿tanto para hablar de un cuento/miniserie sobre fantasmas? Sí, porque hay varias capas en las que hay que ahondar.

Escena de la miniserie Mis muertos tristes, de Pablo Larraín

CAPA 1 - TERROR CLÁSICO PERO BONAERENSE

"Mis Muertos Tristes" sucede en Villa Lugano, específicamente en Piedrabuena, un barrio abandonado por políticos y policía, donde popularmente se se conoce a estos lugares como "tierra de nadie". En estos lugares uno puede verlos como casi post apocalípticos y anarquistas, donde las leyes parecieran no existir: los robos suceden todo el tiempo, las amenazas son constantes y los vecinos, cansados de ser las víctimas, se convierten en verdugos, comenzando a cazar a los "malos", linchándolos y asesinando a los delincuentes.

En este contexto se maneja la historia que tiene como protagonista a Ema (una brillante Mercedes Morán), una doctora que acaba de jubilarse forzadamente de un hospital y quien hasta hace unos meses cuidaba a su madre moribunda. El detalle es que Ema ve y habla con los espíritus de los muertos que han sufrido una trágica muerte, una especie de poder que tiene desde que nació y ha aprendido a controlar y vivir con tranquilidad. Cuando recibe la visita de su hermana Lidia (Alejandra Flechner), su esposo Tom (Carlos Portaluppi) y su sobrina Julie (Carolina Sánchez Álvarez), quienes viven en Estados Unidos, descubre que Julie también tiene el mismo ¿talento?.

La situación es que sus padres están cansados de esto y en Norteamérica la enviaron a varios colegios y psiquiátricos pero de todos o la expulsaban o se escapaba y ya sin alternativas, decidieron venir a Buenos Aires para internarla y ¿abandonarla? con la excusa de que "por su hija harían lo que fuera", salvo escucharla y creerle que también se puede comunicar con los muertos. Con todo este contexto, las tragedias del barrio continúan sucediendo, hasta que los golpea de cerca y esto desencadena en que toda la gente del barrio, al beber el agua de la canilla, comience también a escuchar a los muertos, lo que comienza a desencadenar una paranoia barrial donde Ema se convierte en una especie de santa/bruja, según quién y cómo la mire.

Los cuentos de Mariana Enríquez tienen esa cuota de comedia y en esta miniserie está aplicada brillantemente. Larraín logró captar la esencia a la perfección y, mezclado con sus grandes dotes en el ámbito del terror, han creado un mundo fantasmal pero en el que el miedo proviene de los vivos y de todas las cosas que hemos mencionado como la salud mental, la justicia por mano propia y la desidia por parte de la política, algo que se vive casi día a día en Argentina.

CAPA 2 - LA COMEDIA BIEN APLICADA

Lo que hace de "Mis Muertos Tristes" algo espectacular es que no se centra solamente en lo sombrío y, como dije antes, busca explorar también la comedia con chistes y diálogos inteligentes, porque si bien la primera capa es la que vemos, la de terror, atrás de ella y gracias a este género se puede explorar también en la comedia y nada es exagerado. Podemos mirar algo con temor y no temblar de miedo; podemos escuchar un chiste y no reírnos a carcajadas y es cuando, ambas cosas, mezcladas en su justa medida, generan un producto inteligente y fácil de consumir. No pretende ser una serie que nunca quiso ser en esencia y eso es vital: el sello de Enríquez se ve perfectamente y la dirección de Larraín es destacadísima.

Ayuda muchísimo que el elenco mencionado, sumado a Dolores Fonzi que hace de Carolina, hija de Ema, tenga un talento descomunal para este tipo de humor aunque jamás los haya visto en algo del género de terror, por lo que fue una grandísima sorpresa el desarrollo de todos. Pero el tema es el siguiente: aunque se maquille de terror, nadie tiene miedo de los fantasmas. Para muchos, es una nueva oportunidad y para otros es el tormento de sus propios males.

CAPA 3 - EL CIPAYISMO ABSURDO

La comedia en varios pasajes se centra en el típico estereotipo del cipayo argentino que vive en Estados Unidos y cree que todo es mejor; que la sociedad es más educada, que la policía es más eficaz y que los trabajos allí son diferentes. Ojo, no le digo cipayo a aquel que vive allí, sino al que fehacientemente cree que ese país es mejor. Todo se basa en los prejuicios que hay sobre nuestra propia sociedad y que, probablemente, nosotros mismos inventemos.

Desde su llegada, Lidia y Tom (quien en realidad se llama Tomás) demuestran este espíritu, trayendo unas medias compradas en un lugar híper barato pero que, según ellos, son de mejor calidad que las de acá (típico de personas que traen recuerdos de los viajes y aclaran este punto). Y así, muchas cosas más: él alardea que trabaja en una aerolínea pero en realidad hace de mantenimiento en una empresa terciarizada que al final lo termina despidiendo y contratando un mexicano, pero el punto más fuerte es que, en realidad, no tienen dinero para seguir bancando la vida médica de su hija y vienen a Argentina para aprovechar el sistema de salud pública (claro, eso no lo admiten ni se quejan).

Escena de la miniserie Mis muertos tristes, de Pablo Larraín

CAPA 4 - ANARQUISMO EN LOS BARRIOS

Y este punto es para profundizar un poco más lo anterior porque sí, la historia está llena de fantasmas y espíritus perturbados pero en realidad, los perturbados son los vivos, quienes están constamente en un estado insano de alerta, donde ya nadie es bueno o malo, sino, que todos son el enemigo. El estado ausente, los ladrones, los justicieros, la policía e incluso la empresa de agua que ni siquiera atiende los teléfonos y hacer un trámite con ellos aunque sea de suma gravedad parezca imposible.

El verdadero horror es la propia vida, la que muchos estamos viviendo o hemos presenciado; la de ver cómo matan personas todos los días y cómo las autoridades continúan permitiendo esto, pero actuando cuando menos se los necesita. Es una situación tan post apocalíptica que en realidad parece ficción, pero no es más que la dura realidad que están atravesando hace años (y ahora más profundizada), las personas de recursos más escasos, creando sitios de anarquismo total donde nadie parece tener un freno.

APARTADO TÉCNICO

Para finalizar quiero escribir sobre algunas cosas que me han llamado mucho la atención de esta adaptación y por un lado es algo que muchos han discutido y renegado y es el uso del color. Bah, mejor dicho, la ausencia de él. Aunque para algunos espectadores sea tomado como algo cansador o casi un error, a mi es un recurso que me gustó muchísimo porque es así como este mundo ¿ficticio? se ve: desaturado, apagado, espectral. Y no es solamente porque sea una serie sobre fantasmas, sino es por cómo muchos estamos viendo el presente desolador, y me parece un recurso maravilloso para retratar los cuentos en pantalla.

Además, quisiera hablar del gran trabajo de Pablo Larraín quien, sin ser un director 100% asociado a este género, tiene varios recursos que generan la tensión y drama suficiente en sus producciones, algo que aplico de forma estupenda en "Spencer" (gran película, véanla). Y por último, un detalle no menor: no se siente que sea algo de Netflix. Ustedes entienden a qué me refiero. Esas imágenes que son todas iguales, con la misma música y los mismos guiones; es algo nuevo, más fresco, de una calidad superior (no buena o mala, solo diré superior), y se siente en cada actuación, en cada movimiento de cámara, en cada diálogo y, por supuesto, en cada cuadro.