Arrancó otro Mundial más, el evento que paraliza al país. Veo al país paralizado pero no por el fútbol. Me veo tieso junto a los demás cuando antes era de los que se ponía nervioso hasta un mes antes de la cita mundialista. Me gusta el fútbol desde que tengo memoria y se lo que significa este evento para el ser humano argentino. Ahora ustedes me dirán, ¿realmente hay entusiasmo en las calles? ¿O es todo una falsa como toda la cultura del fútbol moderna?

Aunque nací en 1994, tengo conciencia de mi primer mundial desde Corea-Japón 2002. Conciencia no es memoria, claro está; no recuerdo absolutamente ni un minuto de juego pero sí el frío penetrante de un junio a las 7 de la mañana y su oscuridad. Puedo escuchar el partido de fondo en alguna televisión de tubo mientras mi papá me preparaba el desayuno antes de ir al colegio y el querido Juan Sebastián Verón jugaba un partido que lo marcaría de por vida (sorry, mate). Qué envidia que mi hermano de 3 años se quedara en casa, pero la felicidad de compartir esas mañanas con mi papá siempre fueron hermosas. ¿Algún día prepararé la leche achocolatada tan rica como él? ¿Mis hijos algún día compartirán eso conmigo?. No sé, tengo 8 años, ¿qué pienso sobre hijos si ni sé qué va a pasar? No entendía absolutamente nada de cómo funcionaba ni la vida ni el fútbol y mucho menos una fase de grupos (instancia en la que nos quedamos aquella vez), pero sí sabía que se respiraba algo diferente. Las personas adultas se transformaban, ¿pero por qué? ¿qué tanto puede significar un Mundial para estos seres humanos?. Después me enteré que mis abuelos habían visto a Argentina campeona del mundo en dos ocasiones y una de ellas con un tal Diego Armando Maradona. Maradona, me suena de algún lado, lo habré visto en alguna remera.

Alemania 2006 fue mi primer Mundial consciente, a sabiendas de qué estaba pasando. Por consecuencia, sería una de mis primeras amarguras por el fútbol. Tenía ya 12 años, había conocido el estadio del club de mis amores y veía seguido algún que otro partido con mi abuelo. ¿Cómo se veía el fútbol argentino en 2006? ¿TyC Sports MAX? Ahora no recuerdo si miraba a 11 tipos vestidos de azulgrana o miraba una tribuna mientras escuchaba el relato. No importa, porque arrancaba la cita que paraliza al mundo; mi mamá me lleva a comprar al supermercado del barrio antes de cada partido porque esta vez eran por la tarde y mi papá trabajaba. Acá conocí algo famoso que muchos compartimos: tener una cábala. Partido ganado, partido que ella me compraba un pin para mi mochila. Sí, en aquellos años se solía hacer eso en el colegio. Cuatro pines en mi haber, bah en realidad tres porque uno fue un empate pero probablemente me lo compró igual y por ahí deben andar: uno con el logo oficial de Alemania 2006, otro con la cara de Avril Lavigne y otro con el arte de tapa de American Idiot, todos decorando una mochila de esas que usábamos esos años, esas de tela finita con algún estampado de alguna banda que nos gustara. Gracias al querido José Pekerman y sus cambios y al ¿tramposo? Jens Lehmann y su papelito no pude tener uno más. Primera tarde de amargura que viví. 

Llega Sudáfrica 2010 y de fútbol ya entendía absolutamente todo. Durante el período de espera entre 2006 y 2010, San Lorenzo había sufrido papelones y también supe lo que era salir campeón de algo. Un sentimiento increíble e indescriptible. Por supuesto, ahora entrado en la adolescencia, mi vida había cambiado muchísimo y las cábalas me parecían una estupidez: ¿qué es eso de la suerte? Si yo no creo en nada de eso. Vimos los partidos en lugares diferentes y esta vez se sumó una dinámica diferente: los vi fuera de mi casa y con mis amigos, una experiencia única en mi vida. Nos juntamos inclusive antes de ir a la secundaria por la mañana y encima con goleada incluida, gloria absoluta. Sudáfrica reunía todo para ser legendario: Messi de pelo largo, Maradona como DT y un plantel lleno de estrellas, incluido el “Chino” Garcé, que fue convocado por el Diego porque había soñado que levantaba la copa junto a él. Aura total. Pasamos tranquilos la fase de grupos con un gol de Martín Palermo incluido y se repite la historia del 2006: otra vez México en octavos. Rival durísimo pero avanzamos y se repite la historia: otra vez Alemania en cuartos. “¡Qué maldición!” pensaba en ese entonces mientras miraba un gol tras otro en la casa de una amiga. Un dolor inmenso y un silencio sepulcral invadió la juntada y cada quién partió a sus respectivos hogares. PERDÓN QUE NO ME ENTUSIASME

Junio de 2014, último año de cursada de periodismo deportivo. La secundaria lejos quedó en 2011, San Lorenzo volvió a salir campeón en esos años y no solo eso, ¡estábamos en semifinales de la bendita Copa Libertadores!. La vitalidad recorría mi cuerpo: estudiaba lo que más me gustaba, me estaba por recibir, el equipo de mis amores en una semifinal continental y arrancaba otro mundial con mis amigos y mi familia completa. No solo eso, aunque con dudas, la Selección llega muy bien, con un Messi encendido y Sabella con much… ¡¿QUIÉN ES BASANTA?!. Bueno, no pasa nada porque encima el Mundial es en Brasil, locura total, el fútbol se respiraba en cada rincón. El país, aún con sus fallas y diferencias, funcionaba. ¡El fútbol era libre! (No digo gratis porque alguno que otro se sigue ofendiendo que de sus impuestos hayamos pagado el Fútbol Para Todos). Avanzamos en la fase de grupos con un Messi salvador y un esquema un poco dudoso, pero pasamos octavos, cuartos, semifinales con el siempre complicado Países Bajos ¡y estábamos en una final!. Ah, en el medio Brasil quedaba eliminado con Alemania 7-1. Histórico. Ah, sí, la final, ¿con quién la jugábamos? Alemania. ¡LA PUT… Partido durísimo pero Argentina juega bien, tendremos chances. De hecho, sugiero que Gonzalo Higuaín se tome un tiempo más para definir, que el querido Rodrigo Palacio defina por abajo y por favor, Sergio Romero salí a achicar. Pero todo esto lo digo más de 10 años después, porque perdimos 1-0 con gol de Gotze. Dios mío, lo que me dolió esa derrota pero no había culpables: esta vez mi cábala fue no tener cábala, veía los partidos a veces con amigos, a veces con mi familia, a veces con mi abuela que gritaba los goles antes y me enojaba mucho. Pero bueno, a pesar de este durísimo presente, el año terminó siendo perfecto: San Lorenzo campeón de la Copa Libertadores y yo recibido de periodista deportivo.

Rusia 2018, bendito Mundial. No les miento si les digo que no recuerdo nada; ya trabajaba hace dos años en ESPN (¡otro sueño cumplido!) y no era de esperarse que la época mundialista no tenga el mismo color o sabor cuando uno está libre de adolescente a cuando uno está trabajando ocho horas (en el mejor de los casos), por día. Pero estaba ahí, en las entrañas del ser que vive y respira deportes: la sala de redacción de un canal de televisión. Una locura de solo pensarlo, ¡si el Mundial pasado lo veía en Villa de Mayo apurándome para tomar el Belgrano Norte! Pero realmente, era otra cosa. No me acuerdo absolutamente nada, solo que Sampaoli inventaba cosas sobre la marcha y que se decía que al equipo lo paraba Messi. Nos volvimos en octavos, instancia a la que pasamos milagrosamente y esta vez, la pesadilla fue Francia con un joven Mbappé que volaba, Selección que luego fue la campeona. Merecidamente ganada y merecidamente eliminados; ese equipo era una “murga” (término conocido en Argentina para refererirse a equipos horrendos). Viví otro silencio sepulcral como aquel de 2010 pero esta vez no me volví a mi casa; seguí trabajando junto a todos mis compañeros y amigos en completo silencio. Ahí todos vivían el fútbol igual que yo. Solo se oían las teclas y algún que otro ser viviente enojado con esta Selección tan mala. Afuera también la realidad era otra, el nuevo Gobierno al que se le había puesto muchísima fe (admito sin vergüenza que fui uno de los que lo votó), hoy estaba haciendo agua pero esta vez mucho no importaba; en el aire se sentía que todo podía mejorar o cambiar, lo mismo que con el fútbol. 

Vamos rápido de nuevo cuatro años más adelante, ¿qué puede haber cambiado? Nada, una simple pandemia mundial que arrasó con millones de vidas (entre ellas la de mi abuela. Lo que daría por escucharla gritando el gol antes y enojarme con ella) entre marzo de 2020 y finales de 2022, coincidiendo con el inicio del Mundial de Qatar. Sí, un Mundial en un país que no tiene cultura futbolera. Sí, un Mundial que tiene que jugarse en Diciembre por las altas temperaturas y no en junio como toda la vida. Un poco raro, sí, pero bueno. Tampoco es que tuvieron que hacer varios estadios nuevos y en el apuro, un par de trabajadores murieron, ¿no? Pero qué importa, ¡si los amantes del fútbol estamos emocionados por un nuevo comienzo! Esta Selección ya pintaba muy diferente: habíamos roto el maleficio de años sin ganar nada consagrándonos campeones de la Copa América 2021 ante Brasil y la Finalissima ante Italia. Vi, por fin, ser campeón a Messi, una espina que llevaba clavada como si fuese mi hermano porque sí, yo sufría con él cada derrota, cada insulto de todos los argentinos durante años. Año tras año me peleaba con los que no lo bancaban y hasta osaban decir que Cristiano Ronaldo era mejor, ¡por favor!. ¿Será tu Mundial, Lionel? Ojalá que sí. Y con esa ilusión aquella mañana entre amigos, comenzó el camino contra Arabia Saudita. Derrota 2-1. ¿Recuerdan el silencio del que tanto les hablé? Bueno, fue lo mismo, pero en el primer partido. Pero bueno, esta Selección transmitía algo diferente: una nueva generación con muchísimas ganas de no solo ganar algo por ellos mismos, sino también por el capitán y 10: ellos querían cumplir el mismo sueño que todos los que estábamos viéndolos acá y dieron la cara por el equipo. Con mis amigos, por supuesto, cambiamos la cábala y ayudamos un poco. Mi casa se convirtió en la sede y un muñeco de Donkey Kong nos acompañó desde el segundo partido hasta la final, entre cigarrillos, alcohol y lágrimas, el sueño máximo se cumplió. 18 de diciembre de 2022, Argentina ganaba su tercera Copa del Mundo y créanme, nunca una comunidad de humanos fue tan feliz como aquel día y las semanas posteriores. El aire era diferente, sentíamos que el Mundo era nuestro, que la felicidad nos pertenecía. En esa locura procuré prometer algo para que el amuleto funcione 100% y hoy tengo tatuado un personaje de Mario Bros en la pierna. Pero, ¿esto podría durar toda la vida?

La respuesta no sorprenderá: no. Ya unas semanas después, el efecto fue terrible. La Selección se convirtió en un objetivo de marketing, popular como nunca antes se lo vio y el fútbol giró hacia un costado aún más capitalista. Al mundo que antes no le interesaba tanto y hasta te despreciaba por tener un fanatismo por 11 tipos corriendo atrás de una pelotita, ahora fijó sus ojos ahí, donde las masas populares se mueven. Ya venía siendo objeto de estudio y que haya sido en Qatar no era una sorpresa: la plata estaba moviendo al deporte más que nunca. Y post final, todo fue en picada. Los jugadores se volvieron casi dioses, la figura del Messi que conocí en Alemania 2006 y banqué desde ese año comenzó a desdibujarse, el deporte que antes conmovía a unos pocos, ahora se volvió de todos. Las marcas, por supuesto, no lo dejaron pasar. Los políticos, por supuesto, tampoco. El mundo que creíamos aquel 22 de diciembre de 2022 no es el mismo cuatro años después: la ultra derecha está presente en cada rincón del mundo, la violencia es una moneda corriente y el epicentro de todo esto está albergando la cita que paralizaba al mundo.

Perdón por no estar entusiasmado. Y no les pido perdón a ustedes, le hablo al Agus de hace algunos Mundiales atrás.

Perdón por ser hoy el que no se pone feliz con algo que me ha dado tanto, pero es que no puedo, no me sale. Entre la falsa ilusión de las personas que comenzaron a disfrutar esto hace poco y los que exageran su fervor por esta Copa del Mundo diciéndome “seguro que cuando arranque vas a ilusionarte”, les puedo asegurar que no. Pagamos streamings carísimos que ni siquiera lo pasan completo y ni en la calidad máxima -y estándar- que el mundo ya se acostumbró. Lo vemos, encima, con publicidades constantes. De hecho, ¡inventaron un “cooling break” a la mitad de cada tiempo para poder seguir poniendo publicidades nefastas de casas de apuestas y comida chatarra que ninguno de los jugadores consume! Perdón, de todo corazón, por no estar entusiasmado con un mundial con 48 selecciones y en un país con CERO cultura futbolera, donde en medio de toda esta “felicidad” hay protestas contra ICE y su represión a los extranjeros. Ah, ¿piensan que los que participan de este Mundial son intocables? Bueno, un árbitro somalí fue deportado vaya uno a saber por qué, porque su VISA y papeles estaban al día. Pero claro, ellos mandan en todo. Por supuesto, futbolistas de Irak e Irán están siendo vigilados de cerca como si fuesen terroristas y, lamentablemente, era de esperarse que esto sucediera. 

Comenzó otro Mundial más y desde aquel 2002 me separan 24 años. Me encantaría tener la habilidad de mirar hacia otro lado y mirar el deporte que amo desde que me llevaron una camiseta de San Lorenzo cuando nací, desde que pisé una cancha por primera vez, desde que me junté con personas que adoro para compartir la pasión, pero esta vez no puedo. Todo está mal; tanto las reglas del juego como las que está imponiendo el mundo moderno y no me subo a esta emoción. Este 2026 me agarra con 32 años, viviendo con el amor de mi vida y esperando un hijo (¡en el Mundial 2030 voy a poder hacerle el desayuno como mi papá me hacía a mí y voy a crear una cábala personal con él como mi mamá hizo conmigo!). El mundo cambió muchísimo en este tiempo mencionado muy brevemente en este texto y así como las cosas se modificaron, mi pensamiento también. Y así como todo se fue en picada, siempre pienso que todo puede mejorar.

Pero ahora, les pido perdón nuevamente por no estar entusiasmado.